FUNDAMENTOS PARA LA FAMILIA 43 – Samuel y Cari Clark

Paz en el Hogar

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Queridos hermanos casados:

Hay hogares que despiden un aroma de paz, armonía, bienestar espiritual aun cuando las circunstancias materiales no sean tan buenas. Otros hogares huelen a pólvora de batallas campanales y hostilidad abierta. El Señor Jesús ordenó a Sus apóstoles, evangelistas y siervos evitar tales casas y quedarse en los hogares de paz (Mateo 10:11-15). Si queremos que la gracia y el poder del Señor entre a nuestra familia, hemos de aprender a cultivar y vivir la paz unos con otros. ¿Qué podemos hacer para que este don de Dios llegue y permanezca en nuestra casa? Quiero sugerir algunas cosas, cosas que he estado meditando y tratando de practicar en estos días.

Primero, debemos siempre estar en buena comunión con el Dios de Paz (Fil. 4:19; Heb. 13:20) y tener Su paz guardando nuestro corazón de ansiedades (Fil. 4:6,7). La oración de fe transmite todas las cargas de ansiedad sobre Aquel que nos cuida (I Pedro 5:7). Las preocupaciones, el estrés, los temores y las tristezas nos roban toda la paz que Dios nos quiere dar. Y si no tenemos paz personal, ¿cómo vamos a tener paz en la familia? Ese fundamento de la paz es necesaria para tener relaciones gobernadas por la paz.

Luego, en Romanos 12:14-19 vemos unas reglas precisas para vivir en paz con otros. Esta lista es importante tanto para familias cristianas como las que todavía no están unidas en Cristo. Aunque Pablo hablaba en cuanto a las relaciones de cristianos en una comunidad y con los no cristianos, las mismas reglas sirven para el hogar. Hacen eco del Sermón de la Montaña que nos enseña a bendecir a los que nos maldicen o desean nuestro mal, gozar con los gozosos y llorar con los tristes, estar unidos y humildes, no pagar mal por mal y nunca vengarnos. Pablo añade que cuando queremos vivir en paz somos responsables sólo por hacer lo que a nosotros nos toca, pues, algunas personas no quieren poner de su parte. Estas palabras tienen una aplicación muy importante en el seno del hogar. Allí tenemos que llevar a la práctica estas enseñanzas con ahínco y fe. Cuando fallamos, la paz se vence por las tensiones, enojos, irritaciones y emociones negativas. ¿Reconoces en estas instrucciones algunas causas de la falta de paz en tu hogar? Es difícil pero es posible en Cristo (Fil. 4:13).

En Colosenses 3:12-15 Pablo nos exhorta, después de desvestirnos del viejo hombre (vs.8,9) a revestirnos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, aprendiendo a soportarnos y perdonarnos las faltas. Sobre todo hemos de vestirnos del amor, el vínculo de la unidad. Debemos dejar que la paz reine o gobierne como el árbitro en un juego de deportes. Cuando pita debemos parar para ver qué falta se ha cometido y arreglarla pronto. Estas cualidades son evidencias de madurez espiritual. Se ganan con el crecimiento en la semejanza de Cristo y la victoria sobre la naturaleza carnal y egoísta.

Cada virtud mencionada es una faceta del amor (AGAPE) enseñado en I Corintnios 13:4-8. Si las vemos como parte del amor, podemos ver cómo el amor era el énfasis principal de Jesucristo y los apóstoles en su enseñanza. Obviamente ese amor es absolutamente necesario en un hogar de paz. Es la falta de amor que hace imposible experimentar la paz en la familia.

Recomiendo para su investigación y aplicación los siguientes pasajes: Rom. 14:13-21; II Cor. 13:11; Efesios 4:1-3; I Pedro 3:8-11. La promesa de Salmo 119:165 es una motivación fuerte: “Mucha paz tienen los que aman tu ley y nada los hace tropezar.” El estudio de esta clase de enseñanza haría mucho bien a toda la familia si todos tuviesen el deseo de aprender a “proseguir la paz”.

En Santiago 3:17,18 aprendemos acerca del papel que juega la sabiduría en procurar la paz. En un ambiente de sabiduría celestial hay pureza, pacificación, amabilidad, condescendencia, misericordia y buenos frutos sin vacilación ni hipocresía. Allí es donde la paz se siembra por aquellos que hacen la paz para producir la justicia de Dios, un testimonio bello de la presencia de Dios con nosotros. Tenemos que entender que las cosas pequeñas son esenciales para producir la vida de paz. La paz es el resultado de la práctica del amor en nuestras relaciones interpersonales. Donde no hay justicia ni amor no puede haber paz.

He aquí la razón principal para esta meditación sobre hogares de paz: No “suceden por suerte”, se procuran, se buscan y se forman con los ladrillos de un amor que busca el bien de otros antes que su propio bien o gusto, aun antes que su necesidad. El amor no egoísta piensa en otros y se sacrifica por ellos. Es el amor de hechos, no de palabra. Es el amor que sirve y que no busca ser servido. En fin, es el amor de Cristo derramado en nosotros por el Espíritu Santo, dado por el Padre a todos Sus hijos (Rom. 5:5; I Cor. 11:13; Efesios 1:13,14).

La paz familiar debe ser sentida no sólo en la falta de pleitos sino en la amistad y el gusto de estar juntos. La comunicación verbal y no verbal revela esta paz o la carencia de ella en la mesa, en los saludos y despedidas, y en los tratos familiares. No es algo que se puede fingir por mucho tiempo. O es real, o se manifestará como hipocresía.

Mis queridos amigos, la paz es tan deseable y esencial que Dios nos ha mandado a vivir siempre en ella. Por eso quiso que le conociéramos como “El Dios de Paz”. Cristo mismo es nuestra Paz. El fruto del espíritu es la paz. Con razón, el saludo de Cristo después de Su resurrección fue “Paz a vosotros”. Los judíos se saludan con la palabra hebrea “Shalom” que es “Paz”. Los apóstoles añadieron “Gracia y paz a vosotros” en sus cartas a las iglesias. Tan básica es para el cristianismo que es parte de nuestra expectativa cuando conocemos a otros cristianos. ¡Qué lástima sentimos cuando se nos niega la paz!

Es claro que debemos amar la paz y por ende ser pacificadores. Cristo bendijo a los pacificadores porque serán llamados hijos de Dios (Mateo 5:9). ¿Merecemos esta bendición sobre nuestros hogares? No podemos olvidar estas grandes verdades ni excusar nuestra pobreza en algo tan importante para el Señor.

¡Qué Dios nos ayude a hacer todo lo que esté de nuestra parte para que haya abundancia de paz rebosante en nuestros hogares! Así resplandecerán como luces en un mundo de guerras, hostilidades y rencillas que traen angustias, temores y ansiedades a los que no encuentran la paz de Dios.

Abrazos,
Samuel


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