Recursos Gratuitos para el Discipulado: Seguimiento y Capacitación

la administración del dinero- Samuel Clark

Queridos Amigos del Camino:

¿Se les ha ocurrido alguna vez que para Dios todos somos administradores o mayordomos de lo que es Suyo y que nos lo ha prestado por un tiempo limitado? El Rey David dijo:

“Tuya es, oh SEÑOR, la grandeza y el poder y la gloria y la victoria y la majestad, en verdad, todo lo que hay en los cielos y en la tierra; tuyo es el dominio, oh SEÑOR, y tú te exaltas como soberano sobre todo. De ti proceden la riqueza y el honor; tú reinas sobre todo y en tu mano están el poder y la fortaleza, y en tu mano está engrandecer y fortalecer a todos. Ahora pues, Dios nuestro, te damos gracias y alabamos tu glorioso nombre. Pero, ¿quién soy yo y quién es mi pueblo para que podamos ofrecer tan generosamente todo esto? Porque de ti proceden todas las cosas, y de lo recibido de tu mano te damos. Porque somos forasteros y peregrinos delante de ti, como lo fueron todos nuestros padres; como una sombra son nuestros días sobre la tierra, y no hay esperanza. Oh SEÑOR, Dios nuestro, toda esta abundancia que hemos preparado para edificarte una casa para tu santo nombre procede de tu mano, y todo es tuyo.” (I Crón. 29:11-16)

De estos pasajes podemos deducir varias cosas:

-Que todo es Suyo en la tierra y en los cielos. Esto es por ser el Creador de todo lo que existe, que fue hecho por y para El (Apoc. 4:12; Col. 1:16).
-Que El nos ha dado todo lo que tenemos como algo prestado para administrar mientras vivimos, pues, no nos lo podemos llevar (Job 1:21; I Tim. 6:7).
-Que lo bueno que hacemos con los recursos que nos da Dios, es sólo durante esta vida corta (Lc. 19:12,13,15; Mateo 25:14-19).
-Que podemos devolver a Dios lo que nos ha dado ocupando los recursos en una de Sus obras que requiere de lo que tenemos (Ex. 35:4-9).

Para algunos es una sorpresa saber que nuestro Dios espera que tengamos esta actitud en cuanto al dinero y las posesiones materiales. Piensan que han trabajado muy duro para conseguir lo que han comprado y muy poco ha sido regalado. Pero consideren estos pasajes:

“Cuídate de no olvidar al SEÑOR tu Dios dejando de guardar sus mandamientos, sus ordenanzas y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no sea que cuando hayas comido y te hayas saciado, y hayas construido buenas casas y habitado en ellas, cuando tus vacas y tus ovejas se multipliquen, y tu plata y oro se multipliquen, y todo lo que tengas se multiplique, entonces tu corazón se enorgullezca, y te olvides del SEÑOR tu Dios que te sacó de la tierra de Egipto de la casa de servidumbre…No sea que digas en tu corazón: ‘Mi poder y la fuerza de mi mano me han producido esta riqueza.’ Mas acuérdate del SEÑOR tu Dios, porque El es el que te da poder para hacer riquezas, a fin de confirmar su pacto, el cual juró a tus padres como en este día.” (Deut. 8:11-14,17,18)

¿Quién nos dio salud y fuerzas para trabajar? ¿Quién nos dio las habilidades naturales que tenemos? ¿Quién nos dio la oportunidad de aprender un oficio o una profesión? ¿Cuántas de las cosas que tenemos nos fueron dadas en regalos? Realmente lo que creemos que es fruto de nuestro trabajo no lo tendríamos si Dios no quisiera.

Lo más saludable que uno puede hacer es aceptar este hecho y comenzar a depositar el dinero en el Banco Celestial donde estará seguro (Mateo 6:19,20). ¿Cómo? Poniéndolo a la disposición de Dios para hacer Sus obras. Miren estos pasajes:

“Vended vuestras posesiones y dad limosnas; haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro en los cielos que no se agota, donde no se acerca ningún ladrón, ni la polilla destruye.” (Lucas 12:33)

“Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, ve y vende lo que posees y da a los pobres, y tendrás tesoro en los cielos; y ven, sígueme.” (Mateo 19:21)

“Enséñales que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, generosos y prontos a compartir, acumulando para sí el tesoro de un buen fundamento para el futuro, para que puedan echar mano de lo que en verdad es vida.” (I Tim. 6:18,19)

En cuanto al dinero se refiere, podemos decir que “lo que retenemos para nosotros lo perderemos para siempre, y lo que devolvemos a Dios y Su obra lo tendremos para siempre.” Estas son las leyes de la economía divina y son inquebrantables. A menos que creamos esto de todo nuestro corazón no vamos a aportar generosamente, sacrificialmente … y la obra de Dios va a ser limitada por nuestra incredulidad.

Pero el dinero es solamente una parte de nuestra mayordomía. Los dones espirituales recibidos por la gracia de Dios también son parte de nuestra responsabilidad administrativa (I Pedro 4:10,11). Nuestro tiempo y vida terrenal es una oportunidad que debemos aprovechar (Salmo 90:12; Ef. 5:14-16). Nuestros cuerpos (miembros) son para dar a Dios (Rom. 12:1; I Cor. 6:19,20). En fin, todo nuestro ser y nuestras posesiones materiales deben estar a la disposición de Dios. Hasta nuestros hijos (I Sam. 1:28) deben considerarse como un préstamo que debemos devolver al Señor. Escuchen lo que dice Pablo: “…¿Qué tienes que no recibiste?…” (I Cor. 4:7a). La respuesta es “Nada”. Todo lo que tenemos es para hacer Su voluntad y promover “primeramente Su Reino y Su justicia”.

Yo pienso que lo único que puede producir tales actitudes en nosotros es el conocimiento de Su amor. “Pues el amor de Cristo nos constriñe, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos, por consiguiente, todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (II Cor. 4:14,15). Si no nos empapamos de Su Palabra no seremos conmovidos por Su amor, motivados por Su gran sacrificio y animados por Su vida en nosotros. Vidas pobres en la lectura y meditación de las Escrituras no son vidas santificadas (Juan 17:17) ni perfeccionadas y preparadas para cada buena obra (II Tim. 3:16,17).

La mayordomía debería surgir del amor o no vale nada ante Dios (I Cor. 13:1-3). Nuestro amor a Dios se mide por nuestra obediencia a Su Palabra (I Juan 5:3), por nuestros hechos (I Juan 3:18). Lo que no sale de una mayor comprensión del amor de Dios por nosotros y una más profunda gratitud hacia El es sólo una obra carnal – tal vez una compasión o un sentido de culpabilidad en vez de una pasión espiritual.

Por esto, aunque les he escrito sobre esta gran responsabilidad y oportunidad, he regresado a lo que es esencial como único motor de la mayordom ía de nuestros bienes y personas.

¿Cómo está ese tiempo regular con Dios?

Abrazos,
Samuel Clark