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la guerra espiritual - Samuel Clark

Queridos amigos del Camino:

“Y el Señor daba la victoria a David dondequiera que iba” (I Crón. 18:13). En un capítulo dedicado al recuerdo de victorias sobre los enemigos de Israel, la palabra clave es “derrotó”. En la mayoría de las guerras de nuestra época no hay vencedores ni vencidos sino sólo una “cesación de fuego” que ambas partes celebran como victoria. David fue un vencedor que nunca fue vencido en campos de batalla militar. Sus victorias fueron decisivas. Extendió las fronteras de su reino mucho más allá de lo que habían logrado en el tiempo de Josué. ¿Cuál fue el secreto de sus victorias? “El Señor le ayudaba dondequiera que iba.”

Estas escenas del Antiguo Testamento molestan a muchos en el día de hoy. Los críticos de la Biblia gozan de llamar la atención a esas guerras como ejemplos de una fe fanática y un complejo de “conquistador” que, según ellos, la religión cristiana ha heredado del judaísmo. Citan las grandes Cruzadas de la Edad Media, las guerras religiosas en el tiempo de la Reforma y Contrarreforma, aún la rebelión “Cristera” aquí en México, como ejemplos de la mentalidad agresiva de los cristianos. Ahora en estos d ías hay la posibilidad de otra guerra religiosa.

Todo esto choca contra el espíritu de los humanistas seculares que controlan mucho de los medios de comunicación masiva. Ellos nos tratan de convencer de que la paz a cualquier precio es mejor que la guerra. Guerra es una palabra políticamente inaceptable. Se sacrifican los principios de libertad y justicia para mantener la paz, aunque no sea una paz verdadera.

¿Hasta qué punto estamos permitiendo que la mentalidad de los humanistas nos influya, como cristianos, a olvidar la realidad de la guerra espiritual en que diariamente estamos involucrados? El mero hecho de ser discípulos de Cristo nos convierte en enemigos del “Mundo” gobernado por el príncipe Satanás (Juan 15:18-27). Pablo pudo decir al final de su vida, “He peleado la buena pelea…” ¿Cuál era esa buena pelea? No era una pelea de boxeo olímpico, sino una guerra espiritual que ocupaba armas espirituales (II Cor. 10:3,4) y toda la armadura de Dios (Ef. 6:10-18).

Era una guerra defensiva en cuanto a los ataques constantes a que estaba expuesto, y una ofensiva en cuanto a las fortalezas del reino de tinieblas que él tenía que enfrentar cuando entraba en ciudades paganas. Cuando vemos a Pablo como Apóstol de Jesucristo vemos a un guerrero espiritual con una disciplina y actitud de soldado del Señor. Era un tipo de David neotestamentario. Creo que todos los Apóstoles tenían esta mentalidad militar en cuanto a la vida cristiana.

Hoy día percibo en los cristianos otra mentalidad, una pacifista, resultado del espíritu humanista del mundo, no de su estudio de la Palabra de Dios. Pablo compartió “todo el consejo de Dios” a las iglesias y sus compañeros de milicia (como Timoteo y Epafrodito – Fil. 2:25), no solamente las partes que hablan de bendiciones, abundancia, salud perfecta y paz. Si vas a una librería cristiana hoy no vas a encontrar muchos libros sobre la guerra espiritual sino libros que “se venden” que nos exhortan a sentirnos mejor y no sufrir tanto.

La actitud de hoy se parece a un diálogo entre Dustin Hoffman y Roberto De Niro en una película “caricaturista” llamada “Escándalo Presidencial”. Estos dos son fabricadores de la imagen de un presidente que anhela ganar su reelección. Después de cometer una serie de engaños enormes que aseguran esa victoria electoral, hay este diálogo:

Hoffman: “Deberíamos lograr que el presidente reciba una nominación para el Premio Nobel de la Paz.”
De Niro: “Pero no hemos estado en una guerra.”
Hoffman: “Por eso. Lo merece aún más.”

No importa que el país se esté corrompiendo desde adentro ni que los enemigos externos estén haciendo lo que les dé la gana. Tener paz es lo único que importa. Si la Iglesia piensa que la ausencia de guerra significa la paz verdadera, se está engañando.

El hecho es que sí tenemos enemigos. El Mundo es el sistema que opera en la política, el comercio, las filosofías (incluyendo las religiones) y todo lo que se cree, se enseña y se practica como la forma aceptable de vivir. Otra manera de verlo es La Cultura. El cristianismo verdadero es contra-cultural. Si no lo crees, debes leer el Sermón de la Montaña otra vez. Cada precepto de Cristo va en contra de la corriente de este mundo (Ef. 2:2).

Satanás es el príncipe de la potestad del aire (Ef. 2:2) que como león rugiente anda alrededor buscando a quién devorar (I Pedro 5:7). El diablo no es un amigo, es un enemigo dedicado a nuestra ruina. Ataca al que es discípulo y obrero en una forma despiadada y sucia. Conoce nuestras debilidades y vicios secretos. Tiene a sus órdenes millares de espíritus malignos que tratan de dominarnos cuando le dejamos a Satanás una entrada (Ef. 4:27) o una ventajosa ocasión (II Cor. 2:11) por la ira, el rencor, la falta de perdón y reconociliación, la amargura contra otros, etc. Finalmente tenemos un enemigo interno, un traidor que coopera con el mundo y Satanás para nuestra derrota vergonzosa. Ese traidor es la carne, la naturaleza humana heredada de Adán, aprendida del mundo y engañada por las mentiras del padre de la mentira. Con estos enemigos no hacen falta más enemigos pero los tenemos, aún dentro de la familia de Dios. Mucha distracción, frustración y hasta oposición vienen de los que consideramos “amigos y hermanos” que por su falta de victoria en esta guerra se convierten en agentes secretos de los tres enemigos mayores. Oh sí, tenemos enemigos. Oh sí, estamos en la guerra espiritual.

A la luz de esta realidad, ¿qué es lo que debemos hacer? Primero, todo soldado necesita tener la actitud correcta de II Tiimoteo 2:3,4: “Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda con los negocios de la vida a fin de agradar a Aquel que lo tomó por soldado.” Guerra implica penalidades, no comodidades. Ser militar es estar entrenado, preparado y disponible para obedecer a su Comandante. No está enredado en cosas de que le atrapan en sus actividades, diversiones o negocios sucios. Segundo, debemos llevar siempre toda la armadura de Dios: justicia, salvación, disposición de evangelizar, la verdad, la fe, junto con las armas espirituales de la Palabra de Dios, la oración, el compañerismo cristiano y el servicio de Dios. Cuando uno vive como soldado de Cristo nada ni nadie le puede vencer. ES un vencedor en Cristo. Tercero, debemos permanecer en Cristo y ser llenos de Su Espíritu. Solamente por Su muerte en la Cruz y Su sangre derramada por nuestros pecados podemos vencer a todos nuestros enemigos. Somos más que vencedores en Cristo, no en nuestros esfuerzos.

“Todo aquel que permanece en El, no peca…” (I Juan 3:6)
“Sin mí, nada podéis hacer.” (Juan 15:5)
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” (Fil. 4:13)
“Y le han vencido (a Satanás) por medio de la sangre del Cordero y de la palabra de su testimonio y menospreciaron la vida hasta la muerte.” (Apoc. 12:11)
“Pero lejos esté de mi gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo por quien el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo.” (Gál. 6:14).
“Mas si por el Espíritu hacéis morir las cosas de la carne viviréis.” (Rom. 8:13).

En todo esto vemos que hay cosas que nosotros tenemos que hacer para ser buenos soldados, pero la victoria viene por el Señor. Así fue para David en sus batallas contra los filisteos, amonitas, arameos y edomitas de su realidad histórica. Nuestra guerra es espiritual pero es igualmente una realidad.

¡Qué Dios nos ayude! O vamos a vencer o vamos a ser vencidos por humillantes derrotas de inmoralidad, deshonestidad, divorcio, escándalo, etc., o por esas derrotas internas y secretas de cobardía, dudas, pereza, negligencia e idolatría de cosas buenas que nos inutilizan para el Reino de Dios.

¡La trompeta de alarma suena! ¡A la batalla! Juntos con Cristo y como miembros de Su ejército santo peleemos las batallas del Señor.

Su compañero de milicia,

Abrazos, Samuel