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el pecado - Samuel Clark

Queridos amigos del Camino:

Hoy me propongo escribir sobre la palabra más fea de cualquier idioma: el pecado. Tan incómodo es que quisiera dejar de escribir. Si no fuera un tema tan común, una necesidad tan grande, un asunto tan “caliente” entre nosotros, lo haría.

Santiago dice: “… cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte” (1:14,15). He aquí la necesidad de pensar, y pensar bien, sobre la realidad del pecado y lo que hace en nuestras vidas.

¿Qué quiere decir esto en nuestra experiencia cristiana? ¿Perdemos la salvación cada vez que pecamos? ¿Somos expulsados de nuestro paraíso, la familia de Dios cuando caemos en pecado? Estas son preguntas existenciales que demandan una respuesta. Podemos caer en dos extremos equivocados: 1) la constante pérdida de la salvación y la resalvación, y 2) el libertinaje que piensa que el pecado es tan común que es imposible evitarlo, así que hay que disfrutar la “gracia” sin preocuparnos por el pecado. Ni el uno ni el otro es una teología correcta, bíblica.

¿Cómo hemos de interpretar a Santiago? Primero, necesitamos aceptar como un hecho que la tentación más fuerte nace dentro de nosotros por las pasiones humanas o carnales que todos traemos desde el nacimiento. Los bebés muestran pronto las pasiones infantiles y aprenden a manipular a los adultos para que satisfagan cada deseo de ellos. Nos “pagan” con sonrisas y nos “castigan” con llantos. Así crecen y aprenden a satisfacer sus deseos de una u otra manera. Las pequeñas mentiras y engaños llegan a ser grandes, tamaño adulto. Las pequeñas irritaciones y enojos llegan a ser enormes. Los pequeños robos llegan a ser multimillonarios.

Al llegar a ser cristianos y nacer de arriba o espiritualmente, esta tendencia no termina automáticamente. Como hijos de Dios tenemos una nueva naturaleza que podemos experimentar por fe cuando obedecemos a Dios y rechazamos los deseos pecaminosos. La nueva vida es completamente diferente de la vieja vida. Hasta aquí, todo bien.

Pero no siempre obedecemos. Caemos de esa nueva vida, hacemos cosas de la vieja vida. Cada vez que así hacemos, es una “muerte” triste de la nueva criatura hasta que nos humillemos y en lágrimas confesemos nuestro pecado a Dios para que nos perdone y limpie de nuevo, y así restaurar nuestra comunión con Aquel que es Nuestra Vida.

Veamos la experiencia del hijo pródigo como ejemplo de este principio. El escogió un camino egoísta. Tomó su herencia a un país lejano para gastarla en una vida de perversiones. Gastó toda su herencia. Estaba solo, triste, empobrecido, hambriento y desesperado. Por fin pensaba en volver a su casa, no como hijo sino como esclavo porque no podía concebir que su vida tan mala pudiese ser perdonada. Pero, ¿cómo lo recibió su padre? Uds. saben la historia del perdón y la restauración increíble de aquel padre que nunca había dejado de amar a su hijo. Quería celebrar su regreso porque el que estaba muerto había vuelto a la vida (Lucas 15:32 con Rom. 6:16).

Cuando caemos en pecado, por el tiempo que duramos en ese país lejano, no estamos en comunión con Dios Quien es Luz y Vida. Es un estado de terrible separación aunque no nos demos cuenta hasta que las consecuencias del pecado empiezan a apretarnos. Podemos estar así segundos o semanas. Lo que nos mueve a regresar a Dios es llegar a odiar los resultados del pecado. Cuando no nos gustan, cuando saben amargos, cuando duelen, entonces pensamos en regresar a Dios. Pero nos sentimos indignos, sucios, malos. Además, “el acusador de los hermanos” (Apoc. 12:11) nos acusa fuertemente. Solamente la sangre de Jesucristo es la solución de nuestro dilema. “Mas si andamos en la luz, como El está en la luz, tenemos comunión los unos con los otros, y la sangre de Jesús su Hijo nos limpia de todo pecado” (I Juan 1:7).

La confesión del pecado (I Juan 1:9; Salmo 32:5) tiene que estar basada en la fe en la sangre de Cristo, no en nuestro remordimiento y promesas de no volver a hacerlo. Cada cristiano debe estar convencido de la eficacia de la sangre de Jesús para restaurarnos a la comunión con nuestra Vida. Nunca en esta vida llegaremos hasta el punto de no necesitar la sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Siempre la necesitaremos para poder andar en comunión con Dios. El pecado rompe la comunión con Dios, pero no la relación como hijos amados del Padre.

Si el odio a los resultados del pecado nos hacen regresar a Dios, también nos debe alejar de la tentación. El temor de Dios es aborrecer el mal (Prov. 8.13). Esto nos trae a otro principio importante: Odiar el pecado por lo que es. ¿Qué es el pecado? He aqu í, unas definiciones:

1. Romanos 3:23 dice: “Por cuanto todos pecaron, y no alcanzan la gloria de Dios.” Pecar es errar de la meta de la gloria de Dios. O sea, cada vez que no vivimos a la altura de la gloria de Dios es pecado. Es no dar en el blanco. Es fallar en el objetivo principal de la vida.

2. I Juan 3:4 dice: “Todo el que practica el pecado, practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley.” Romanos 3:20 dice “…pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado.” Hay un “estándar”, una norma que Dios ha escrito en los corazones de los hombres. La violamos cuando pecamos deliberadamente en desobediencia. Aquí tenemos que recordar que el Señor enseñó en el Sermón del Monte que odiar y despreciar es como matar a otro, que codiciar a una mujer en los pensamientos es como adulterar en el corazón, etc. (Mateo 5:21-30).

3. I Juan 5:17a dice que “toda injusticia es pecado”. La justicia de Dios está expresada en Su Ley y en Su Palabra en general. De los mandamientos, principios, ejemplos buenos y malos, y juicios divinos aprendemos cómo es la justicia que Dios demanda de nosotros en nuestras relaciones interpersonales y en nuestra relación con Dios.

4. Santiago 4:17 dice: “A aquel, pues, que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado.” Los pecados de omisión son tan comunes. No son tan obvios. No nos duelen tanto pero debemos odiarlos por lo que son: faltas a la voluntad divina.

5. Romanos 14:23 dice: “Pero el que duda, si come se condena, porque no lo hace por fe, y todo lo que no procede de fe es pecado.” La falta de convicciones, como la traición a convicciones, es vivir sin fe y es un pecado.

Todas estas citas del Nuevo Testamento nos muestran lo que es el pecado y por qué es tan terrible. Dios odia el pecado por lo que es. Así deberíamos nosotros también aborrecerlo por lo que es: lo opuesto de la Persona de Dios. Es tan terrible que costó la vida de Su Hijo para pagar el daño y reparar la separación. Esto también nos apartará del pecado y nos har á querer andar más cerca de Dios.

Hablar del pecado no es nada divertido ni bonito, pero es necesario, amigos. Espero que estas meditaciones nos ayuden a caminar mejor en este Camino de Santidad a la cual nos llama Dios (Rom. 1:7; I Pedro 1:15,16; Isaías 35:8). Si sabemos qué es y que no es el pecado, sabremos cómo resistir al diablo (Stgo.l 4:7) como aprendí en mi reciente enfermedad.

Abrazos, Samuel