Recursos Gratuitos para el Discipulado: Seguimiento y Capacitación

rompecabezas - Samuel Clark

Queridos amigos del Camino:

La vida es un rompecabezas, un montón de piezas que deben juntarse exactamente, sin forzarlas, para formar un cuadro completo. Suena fácil, ¿verdad? Para algunos de nosotros armar un rompecabezas es una pérdida de tiempo. Pero sus adictos dicen que es bueno para el cerebro, una terapia para los enfermos, y que deleita el alma cuando se ha formado todo el cuadro. Algunos son para niños, los hay fáciles o difíciles, y algunos son un reto enorme de miles de piecitas. Es un pasatiempo que requiere mucha atenci ón y tiempo. Amigo, así es la vida.

El punto de esta alegoría es que es muy difícil hacer uno sin tener el cuadro delante de nosotros. El cuadro con sus líneas, colores, tonos diferentes y formas nos dirige el trabajo. Sin él, el montón de piezas no tiene sentido. No tienes idea de cómo armarlo. El chiste con el rompecabezas de la vida es que no vemos “el gran cuadro”. Sólo Dios nos puede llevar a amarlo pieza por pieza.

¿Cuál es el gran cuadro de tu vida? Es el plan que Dios diseñó para ti y que sólo tú puedes encontrar dentro de Su voluntad. Por esto, las decisiones son tan importantes. Malas decisiones arruinan el cuadro grande. Tienes que buscar la voluntad de Dios para ti paso a paso. Se va descubriendo poco a poco y después de toda la vida debería resultar algo bonito, tal vez hermoso. La “Gloria” no es para el que arma con paciencia y tenacidad el rompecabezas sino para El que lo planeó.

Unas cosas elementales nos ayudan a empezar bien. Primero, hay que separar todas las piezas que forman las cuatro líneas rectas del marco del cuadro para luego formar el margen. Amigo, esto tiene que ver con el propósito general de tu vida. La separación de las piezas sirve para formar un espacio limitado y bien demarcado donde vas a trabajar. En la vida de un hombre esto significa pasar de la situación de estar separado de Dios, perdido en sus pecados, incrédulo y rebelde a todo orden divino a la salvación por la fe en Cristo. Por la fe en Su muerte por nuestros pecados y Su resurrección para nuestra justificación, nos ponemos en el marco del plan de Dios para nuestra vida. Si tú has hecho esto ha sido gracias a las Escrituras donde viste que no hay orden ni armonía si uno no está relacionado con Dios mediante la salvación en Cristo. Hasta poner bien el margen no sabemos dónde empezar a llenar el cuadro. La salvación vence la separación de Dios. El propósito divino para tu vida es que seas salvo y conozcas la verdad (I Tim. 2:4).

Luego necesitas encontrar un seguimiento de las piezas que se unen al marco hacia adentro, siguiendo siempre el cuadro que encuentras en las Escrituras. Ellas nos muestran cómo vivir como salvos, hijos de Dios, discípulos de Jesucristo. Las enseñanzas de Jesús, los Apóstoles y los profetas marcan la dirección en que debemos crecer como seguidores de la Luz del mundo. Aquí el énfasis es la obediencia de Sus mandamientos. Cada pieza que colocamos en su lugar es como un paso de obediencia. Literalmente miles de acciones cumplen Su voluntad. Si quieres crecer tienes que pensar, meditar y hacer lo que Dios te muestra como el próximo paso. ¿Cómo está tu cuadro, amigo?

¿Desarreglado? ¿Abandonado? ¿Sin sentido? Regresa a la vida disciplinada del seguimiento.

Para ir llenando tu cuadro de la vida necesitas ver que el Autor tiene en mente algo muy hermoso. Vale la pena buscar encontrar Su voluntad y propósito y no sólo armar unas piezas aisladas. Esto corresponde al objetivo de la santificación en la vida cristiana. ¡No te me espantes! Esta palabra suena tan teológica que a veces no nos damos cuenta de que es sencillamente la separación de una vida sin propósito a una que tiene sentido. Es ser victorioso sobre el pecado. Es ser semejante a Dios quien dijo “Sed santos porque Yo soy santo.” Santificar es hacer algo útil para Dios. El problema de muchos que dicen “Úsame, Señor” es que no son útiles. II Timoteo 2:21 dice que “si alguno se limpia de estas cosas (iniquidades, v.19) será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra.” En II Timoteo 3:16 Pablo habla de lo que la Palabra inspirada de Dios hace por nosotros y en el v.17 añade que es “para que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra.”

Sí, amigo, la santificación es un asunto práctico que afecta tu cuadro. No hay manera de armar una vida agradable a Dios sin ella. No trates de evitarla. Muchas instrucciones de la Biblia tienen que ver con este principio. Es uno de los grandes propósitos de Dios para tu vida y la mía. Gran parte de tu vida cristiana tiene que ver con ser lo que El quiere. Tu carácter y conducta hablan m ás que tus palabras. Déjame contarte una historia:

Un día una mujer andaba en su flamante coche nuevo. Se paró detrás de un hombre que estaba detenido en un semáforo rojo. Cuando se cambió la luz a verde, por alguna razón el hombre no se movió por largos segundos. Justo cuando cambiaba a rojo salió disparado, dejando a la mujer parada. Ella había estado pitando, haciendo gestos groseros y gritando palabras tremendas a aquel hombre. Seguía refunfuñando en el semáforo.

Un policía de tránsito la ordenó bajar de su coche, poner las manos sobre el techo y someterse a un registro cuidadoso. Después la esposó y la llevó en la patrulla a la delegación de policía.

Después de unas horas en los separos, el patrullero venía muy cortésmente a dejarla libre, diciéndole: “Perdóneme, señora. Hemos checado su licencia para manejar, los papeles del auto y todo está en orden. Ya puede irse.” La señora furiosa demandó saber porqué la había detenido. El patrullero contestó: “En su carro vi un pescado cristiano y un letrero que dice LLEVA TU HIJO A LA IGLESIA. Así cuando vi y oí las palabras y gestos suyos pensé que había robado el carro.”

La santificación es lo que nos debe marcar como pueblo de Dios. “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios para que anunciés las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a Su luz admirable (I Pedro 2:9). Esa señora no había armado su cuadro bien. Nadie podría ver al Autor en su vida. ¿Cómo está tu cuadro? ¿Faltan piezas de santidad? Creo que algunos debemos quitar nuestros “pescaditos” o cambiar de manera de actuar detrás del volante.

Esto nos trae a la última clave para armar nuestro cuadro: el servicio. Si no vemos esto como la finalidad de nuestra vida tendremos muchos problemas en el proceso porque hace falta algo muy importante del propósito de Dios. Dios es digno de ser servido por Su pueblo … por cada uno de nosotros. La triste realidad es que muchos no hacen nada para servir a Dios. Quieren ser servidos por Dios y por otros, pero ¿servir? Créeme, es un gran privilegio. “Siervo de Dios” es un título que todos debemos pretender pero lo tenemos que ganar. No es otorgado por instituto u organización sino por los que son servidos. Ver al servicio como fin de todo es ver al cuadro de la vida tomar su forma final que glorifica al Autor.

Alguien dijo que somos salvos para servir. Creo que esto es el producto final que puede ser usado como un adorno en la casa de Dios, o mejor dicho, una herramienta o utensilio. Así es como debemos entender esta palabra, no como un servicio religioso sino dar ayuda a los que la necesitan. Abundan los necesitados: afligidos, enfermos, presos, pobres, viudas, huérfanos….

Servicio a ellos es servicio a Cristo (Mateo 25:34-40). Repito, no debemos considerarlo sólo como hacer servicios religiosos, sino servir a personas que nos necesitan. ¿Cómo está esta parte de tu cuadro? Muchas veces no terminamos bien nuestro cuadro porque pensamos no tener “los dones” ni “el llamamiento” para ser líderes o maestros. El servicio es sencillamente el amor en acción.

Bueno, amigos, este es el cuadro grande: salvo, seguidor, santo y siervo de Dios. Ya pueden armar su cuadro pieza por pieza, decisión por decisión, hasta terminarlo y poder decir con Pablo: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. En el futuro me está reservada la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, me entregará en aquel día…” (II Tim. 4:7,8). Esta es la vida que Dios planeó y la que El promete recompensar con grandes premios, coronas, galardones y bendiciones eternas. ¡Adelante! No se cansen al armar tu cuadro divino.

Abrazos,
Samuel